Con esta frase, el expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva cerró la III Conferencia Global sobre Trabajo Infantil, evento en el que, tras tres días de discusiones, representantes de 150 naciones, organizaciones regionales e internacionales, empleadores, trabajadores, ONG y sociedad civil en general, aprobaron la Declaración de Brasilia, que ratificó su compromiso de acabar con las peores formas de explotación y empleo de niños y adolescentes.

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